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De la regulación moral a la regulación por la economía sexual
Wilhelm Reich
Los conceptos de economía
sexual que expongo aquí tienen su fundamento en la observación
clínica
de pacientes que, en el transcurso de un tratamiento analítico
individual llevado a cabo con resultados positivos, experimentan una
transformación de su estructura psíquica. Con todo derecho surgirá la
duda: ¿pueden aplicarse así, sin más, los descubrimientos
relacionados con la transformación de una estructura individual neurótica
en una estructura individual sana, a los problemas que sufre una
estructura colectiva y a sus posibles alteraciones? En vez de perdernos en
disquisiciones teóricas, vayamos directamente a los hechos, que hablan
por sí mismos. Es evidente que para entender la conducta irracional
colectiva tenemos que partir de las observaciones y experiencias que
extraemos del tratamiento de los individuos neuróticos. Después de
todo, el principio es el mismo que cuando se lucha contra una epidemia:
para acabar con ella lo primero que hay que hacer es examinar
concienzudamente a cada una de las víctimas, con objeto de encontrar el
bacilo que causa la enfermedad y los efectos que produce. Pero la
comparación va aún más lejos: también en una epidemia ocurre que un
mal de origen externo actúa sobre un organismo que anteriormente estaba
sano. En el caso del cólera, por ejemplo, no nos basta con curar al
paciente individual, sino que tendremos también que aislar el foco
desde el que se propaga el bacilo. El comportamiento patológico
del individuo medio es sorprendentemente semejante al de nuestros
pacientes en cada caso particular: la inhibición sexual en general; el
carácter compulsivo de las exigencias morales; la incapacidad de
imaginar que la satisfacción sexual es compatible con un trabajo de
rendimiento aceptable; la absurda creencia de que la sexualidad del niño
y del adolescente es una aberración o una patología; la imposibilidad
de concebir otra forma de sexualidad que la monogámica de por vida; la
falta de confianza en las propias fuerzas y en la propia capacidad de
juicio, con el consiguiente anhelo de una figura de tipo paternal,
omnisciente, que le guíe a uno... Los conflictos básicos en el
individuo medio son siempre los mismos, y las diferencias en el
desarrollo individual no son más que diferencias de detalle. Si
queremos aplicar a la psicología de las masas lo que nos enseñan los
casos individuales, sólo podremos tener en cuenta los conflictos típicos
que se manifiestan en todos los individuos; de ese modo podremos aplicar
a las masas las observaciones hechas sobre los cambios de estructura que
se producen en el individuo a lo largo del análisis. Estos pacientes suelen
manifestar ciertos síntomas típicos del trastorno psíquico: su
capacidad de trabajo se ve reducida y su eficiencia no se corresponde ni
con lo que la sociedad exige de ellos ni con sus capacidades reales, de
las que ellos son conscientes; la aptitud para lograr satisfacción
genital se ve reducida significativamente, cuando no anulada por
completo; la capacidad natural de satisfacción genital ha sido
sustituida, sin excepciones, por otras formas no genitales de satisfacción
(pregenitales); pueden tener ideas sádicas asociadas al acto sexual,
fantasías de violaciones, etc. A lo largo del análisis siempre se
llega a la convicción de que estos cambios en el carácter y en el
comportamiento sexual alcanzaron su configuración definitiva hacia los
cuatro o cinco años de edad. Los efectos consiguientes en las
actividades sociales y sexuales aparecen tarde o temprano con toda su
crudeza. El paciente carga con un conflicto entre el instinto y la
moral, y este conflicto es irresoluble mientras persista la represión
sexual neurótica. Las obligaciones morales, que el paciente se impone a
sí mismo bajo la presión de una permanente influencia social, aumentan
la represión de sus exigencias sexuales y, en un sentido más amplio,
vegetativas. Cuanto mayor es el daño sufrido por su potencia genital,
tanto más se acentúa la desproporción entre la necesidad de
satisfacción y la capacidad para alcanzarla. Esto a su vez refuerza la
presión moral necesaria para controlar los impulsos reprimidos. Y dado
que el conflicto es en su conjunto inconsciente, al menos en sus
elementos esenciales, el individuo es incapaz de resolverlo por sí
mismo. Ante el conflicto entre
instinto y moral, entre el ego y el mundo exterior, el organismo psíquico
se ve obligado a acorazarse, a encapsularse, a protegerse tanto de sus
propios instintos como del mundo exterior. De este acorazamiento del
organismo psíquico se deriva una limitación, más o menos acusada, de
la disponibilidad para la vida y la actividad vital. Es necesario
indicar que la mayoría de los seres humanos están constreñidos por
esta coraza; es un muro entre ellos y la vida. Esta es la principal
causa de la soledad que sufren tantos hombres en el enjambre de la vida
colectiva. El tratamiento, a través
del análisis psíquico individual, libera las energías vegetativas de
su fijación a la coraza. La consecuencia inmediata es una intensificación
de los impulsos antisociales y perversos, acompañados de ansiedad
social y de presión moral. No obstante, si se consiguen eliminar al
mismo tiempo las fijaciones infantiles al hogar paterno, los traumas de
la primera niñez y los tabúes antisexuales, un flujo cada vez más
abundante de energía se abre camino hacia el sistema genital, y así
comienzan a revivir las necesidades genitales naturales, o aparecen por
primera vez. Si además logramos anular las inhibiciones y la ansiedad
genital, de modo que el sujeto adquiera una capacidad de satisfacción
orgiástica completa, y si el paciente tiene la buena suerte de
encontrar un compañero o compañera que le convenga sexualmente,
observaremos un cambio notable, y a menudo sorprendente en su
comportamiento en general. Detengámonos ahora en los aspectos más
importantes de este cambio. Mientras que antes todos
los pensamientos y actos del paciente estaban sometidos a la influencia
más o menos perturbadora de motivos inconscientes e irracionales, ahora
es cada vez más capaz de actuar de manera racional. En el curso de este
proceso desaparecen sucesivamente y de modo espontáneo las tendencias
al misticismo, a la religiosidad, a la dependencia infantil, a las
creencias supersticiosas, etc., sin que el paciente reciba ningún
adiestramiento específico al respecto. Antes el paciente estaba
completamente acorazado, sin contacto consigo mismo ni con lo que le
rodaba, y sólo era capaz de establecer contactos de compensación no
naturales; ahora se interesa más y más por el contacto natural e
inmediato, tanto con sus propios impulsos como con el mundo que le rodea.
El resultado del proceso es una mejoría visible del comportamiento
natural en lugar del comportamiento artificial de antes. En la mayor parte de los
pacientes observamos, por así decirlo, una doble naturaleza: hacia
fuera se muestra antinatural, excéntrico, pero detrás de esa
apariencia patológica podemos descubrir al sujeto sano que hay dentro.
Lo que hace a las personas diferentes unas de otras, tal como están las
cosas hoy en día, es esencialmente la forma particular que cada uno
tiene de exteriorizar su comportamiento neurótico. Durante el proceso
de curación la diferenciación individual desaparece considerablemente
y da paso a una simplificación del comportamiento. Esta simplificación
hace que los pacientes en vías de curación se asemejen unos a otros en
sus rasgos fundamentales, sin perder por ello sus características
individuales. Por ejemplo, cada paciente inventa una excusa diferente
para explicar su falta de aptitud en el trabajo; sin embargo, si se
desembaraza del obstáculo que le impide trabajar y gana confianza en sí
mismo, pierde también todos aquellos rasgos característicos que le
servían para compensar su sentimiento de inferioridad. En todos los
individuos es bastante parecido el modo en que va aumentando la
confianza en sus propias capacidades, cuando ven que su rendimiento en
el trabajo va mejorando; justo lo contrario de lo que ocurre en los
casos de compensación antes mencionados. Igual ocurre con la
actitud que los sujetos tienen hacia la vida sexual. Quien ha reprimido
su sexualidad desarrolla formas muy dispares de autodefensa moral y estética.
Pero si el paciente recupera el contacto con sus propias necesidades
sexuales desaparecen las diferencias neuróticas. La actitud hacia la
sexualidad natural se parece mucho en todos los individuos. Se
caracteriza, sobre todo, por la afirmación del placer y por la pérdida
del sentimiento de culpabilidad sexual. El antagonismo irreconciliable
que había antes entre las urgencias del instinto y las inhibiciones
morales obligaba al paciente a regular todos sus actos según los
dictados de una ley exterior y superior a él. Todo cuanto pensaba y hacía
era medido y pesado por una unidad de valor moral, aunque al mismo
tiempo protestara contra esta imposición. Si en este proceso de cambio
el paciente reconoce, no solo la urgencia sino la indispensabilidad de
la satisfacción genital, es entonces cuando se deshace de su camisa de
fuerza moral y, con ella, de la represión de sus necesidades
instintivas. Antes, la presión moral había intensificado el impulso y
lo había hecho antisocial; esta intensificación del impulso exigía ,
a su vez, un aumento de la presión moral; ahora, cuando se equilibran
la capacidad de satisfacción y la necesidad del impulso, el individuo
desecha la reglamentación moral. Y desaparece, por inútil, el rígido
mecanismo de autodominio que antes le era indispensable. Se han anulado
las energías antisociales del impulso y ya no quedan más que, acaso,
algunos residuos que exijan control. El individuo sano ya no tiene, prácticamente,
moralidad en sí mismo porque tampoco tiene impulsos que necesiten una
inhibición moral. Resulta fácil controlar el resto de los impulsos
antisociales, quizás todavía presentes, con tal de que se satisfagan
las necesidades genitales básicas. Todo esto aparece con toda claridad
en el comportamiento práctico del individuo que ha conseguido su
potencia orgiástica. Sus relaciones con prostitutas son innecesarias;
las fantasías de crímenes sádicos pierden su viveza y significado;
exigir amor como un derecho o violar con prepotencia resulta
inconcebible; la seducción de niños, impulso que quizás antes existía,
es una idea absurda; desaparecen totalmente las perversiones anales, sádicas,
etc., y con ellas desaparecen también la ansiedad social y los
sentimientos de culpabilidad; la fijación incestuosa a los padres,
hermanos y hermanas pierde su interés y se libera la energía que antes
era objeto de inhibición. Resumiendo, todos estos cambios indican que
el organismo psíquico está maduro para su autorregulación. Los individuos que
consiguen la capacidad orgiástica se inclinan por las relaciones monógamas
mucho más que aquellos cuyo desahogo natural está frenado. Sin
embargo, la actitud monógama de los primeros no se basa en la inhibición
de los impulsos polígamos o en consideraciones de tipo moral, sino en
los principios de economía sexual que abogan por la repetición del
deseo siempre fascinante de experimentar un intenso placer con la misma
persona. Para ello se requiere la completa armonía sexual entre los dos
participantes. En este sentido no existen diferencias entre hombres
sanos y mujeres sanas. Si, por el contrario, falta el compañero o compañera
apropiados, lo que es regla general en las circunstancias presentes, la
actitud monógama degenera en su contraria: en la búsqueda insaciable
de la persona adecuada. Si se encuentra ésta se restablece automáticamente
la actitud monógama, que dura tanto tiempo como duren la armonía y la
satisfacción sexuales. Los pensamientos y deseos relacionados con otras
personas, o se presentan muy débilmente o no se materializan a causa
del interés concentrado en la pareja. Sin embargo, la primitiva relación
se marchita sin remedio cuando otra se afianza con la promesa de una
felicidad más elevada. Este hecho incuestionable está en oposición
declarada con todo el orden sexual de la sociedad actual, en la que los
intereses económicos y las consideraciones para con los niños
contradicen los principios de la economía sexual. Por esa razón, bajo
las condiciones de un orden social adverso a la sexualidad, los
individuos más sanas son precisamente los más expuestos a los
sufrimientos más intensos. Muy diferente es la
conducta de los individuos cuya capacidad orgiástica está perturbada,
es decir, la de la mayoría de los individuos; dado que experimentan
menos placer en el acto sexual, pueden pasar un periodo de tiempo más o
menos largo sin formar pareja; por otra parte son menos exigentes,
porque el acto sexual no tiene para ellos gran significación. La
relativa indiferencia en la elección de sus relaciones sexuales es una
consecuencia de la perturbación que les afecta. Los individuos así
perturbados sexualmente pueden someterse a las exigencias de un
matrimonio de por vida; sin embargo, su fidelidad no se basa tanto en su
satisfacción sexual cuanto en sus inhibiciones morales. Cuando el paciente en vías
de curación consigue formar la pareja que conviene a su vida sexual,
desaparecen los síntomas nerviosos y es capaz, además, de ordenar su
vida con una facilidad sorprendente, antes desconocida. Se libera de sus
conflictos neuróticos y gana una seguridad benéfica que le permite ser
dueño de sus actos y mejorar sus relaciones sociales. En todo caso,
sigue de modo natural el principio del placer. La simplificación de su
actitud, que se manifiesta tanto en su estructura física como en su
pensamiento y en sus sentimientos, hace que aleje de su vida muchas
causas de conflictos; al mismo tiempo, adopta una actitud crítica
frente al orden moral vigente. Así pues, parece claro
que el principio de regulación moral se opone al de autorregulación
por la economía sexual. En nuestra sociedad,
sexualmente enferma y que al mismo tiempo se opone a promover la salud
sexual, la completa recuperación de un paciente neurótico es muy difícil,
por no decir imposible. En primer lugar, hay un número muy reducido de
individuos sexualmente sanos que puedan formar pareja con el paciente en
vías de curación; además, están las barreras levantadas por la moral
sexual coercitiva. La persona que ha recobrado ya su salud genital
cambia necesariamente su hipocresía inconsciente por una hipocresía
consciente con respecto a todas esas instituciones y situaciones
sociales que le impiden el desarrollo de su sexualidad sana y natural.
Otras personas logran modificar de tal modo su entorno que reducen el
influjo de los obstáculos sociales e incluso los anulan. Me he limitado aquí a ofrecer una exposición general de los hechos; para un estudio más detallado del tema remito al lector a los libros La función del orgasmo (1927) y Análisis del carácter (1933). Las experiencias clínicas mencionadas en ellos nos autorizan a formular conclusiones generales sobre la situación social. Es cierto que pueden desconcertar a primera vista la amplitud de estas conclusiones, que abarcan temas como la prevención de la neurosis, la lucha contra el misticismo y la superstición, el sempiterno conflicto entre la naturaleza y la cultura, el instinto y la moral, etc. Pero tras muchos años de revisar trabajos etnológicos y sociológicos, hemos llegado al firme convencimiento acerca de la exactitud y la validez de estas conclusiones fundadas en la observación del cambio producido en la estructura psíquica de los individuos que abandonan el principio de moralidad por el de la economía sexual. Supongamos ahora que un movimiento social consigue modificar las condiciones de tal manera que, en lugar de la negación de la sexualidad, reestableciera la afirmación de la sexualidad, con todas sus implicaciones económicas- En ese caso podría operarse un cambio en la estructura psíquica de las masas. Desde luego, esto no significa que fuera posible someter a tratamiento a todos los miembros de la sociedad, error frecuente entre los malos intérpretes de la economía sexual. Significa simplemente que las experiencias obtenidas en la transformación de la estructura individual nos sirven para formular principios válidos que sirvan de fundamento para una nueva educación destinada a niños y adolescentes, educación que terminaría con los conflictos existentes entre naturaleza y cultura, entre individuo y sociedad, entre sexualidad y sociabilidad.
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